Llamamos biodiversidad al conjunto y variedad de especies que habitan un espacio determinado. Dicho espacio suele ser un ecosistema, formado por dichas especies y las relaciones que surgen entre ellas. Los ecosistemas no son estáticos. Todo lo contrario, como ocurre con cualquier otra manifestación natural, los ecosistemas cambian y evolucionan. Normalmente, todos los sistemas biológicos tienden a la estabilización. Es decir, los sistemas suelen terminar por normalizar las relaciones existentes entre las especies que lo habitan de manera que aunque haya pequeños cambios, el ecosistema asegura la supervivencia a la larga de estas especies. Pero esto sólo ocurre cuando el ecosistema puede absorber los cambios a los que se le somete. Estos cambios, muchas veces conocidos como impactos, pueden desestabilizar el sistema provocando la perdida masiva de sus especies.
Entre las relaciones están la alimentación: cazar, depredar; o la relación: transportar semillas, polinizar, proteger una zona. Y esas son solo unas pocas. Cuando comienzan a desaparecer especies, las relaciones se rompen, poniendo en peligro el sistema. Si se fuerza demasiado, al final puede perderse por completo, convirtiéndose en un desierto yermo. Cuanta mayor es la biodiversidad en dichos ecosistemas, mayor es la estabilidad del sistema.
¿Por qué se dan estas situaciones?
Muy sencillo, porque una relación rota tiene más posibilidades de ser reparada al establecerse con otras especies similares. Por ejemplo, si desaparecen todos los conejos de una zona, pero existen varias especies de roedores, los depredadores tendrán más posibilidades de no sufrir el impacto. Además, cuanto mayor es la biodiversidad, mayor es el número de especies clave en el ecosistema. Estas especies juegan roles clave en el sistema. La pérdida de estas supone un impacto crítico que desencadena una especie de efecto dominó en el ecosistema.

La alimentación de algunas aves se ve alterada con sustancias contaminantes.
Cuando una especie desaparece, esto tiene un fuerte impacto en la cadena alimenticia ya que se rompe el equilibrio entre los animales. Si un depredador se extingue, la población de sus presas potenciales aumenta considerablemente porque no hay un elemento que mantenga a raya su reproducción. Esto crea un efecto en cadena donde la sobrepoblación de determinadas especies termina destruyendo los ecosistemas de otros animales, por ejemplo, al convertirse en los depredadores dominantes o simplemente consumiendo el alimento de otros. En este caso, no importa si es un gran mamífero o un pequeño pez, el impacto es el mismo, ya que por ejemplo, si un insecto desaparece de la cadena también se pierde el alimento de muchas especies pequeñas, que eventualmente disminuirían su población por el hambre y terminarían afectando a sus cazadores naturales por igual.


Algunas subespecies de las cebras se han extinguido como
la quagga.
Los ecosistemas marinos almacenan gran parte de los
desperdicios que generan los humanos.
Ecosistemas marinos
Debido a la inmensidad y profundidad de los océanos, hasta hace poco el hombre creía que podría utilizarlos para verter basura y sustancias químicas en cantidades ilimitadas sin que esto tuviera consecuencias importantes. Los partidarios de continuar con los vertidos en los océanos incluso tenían un eslogan: «La solución a la contaminación es la dilución.»
En la actualidad, basta con fijarse en la zona muerta del tamaño del estado de Nueva Jersey que se forma cada verano en el delta del río Mississippi, o en la extensión de 1.600 kilómetros de plástico en descomposición en el Pacífico Norte para darse cuenta de que esta política de la «dilución» ha contribuido a llevar al borde del colapso lo que tiempo atrás fue un ecosistema oceánico próspero. Existen pruebas de que los océanos han sufrido a manos del hombre durante miles de años, desde la época romana. Sin embargo, los estudios llevados a cabo recientemente demuestran que la degradación, especialmente en las zonas costeras, se ha acelerado notablemente en los últimos tres siglos a medida que han aumentado los vertidos industriales y la escorrentía procedente de explotaciones agrarias y ciudades costeras.

