La pérdida de biodiversidad lleva asociados costes económicos y sociales que la contabilidad económica convencional no logra capturar. Se pone de relieve la necesidad de reformar los indicadores tradicionales de progreso económico. Durante décadas ha habido un intenso debate sobre las implicaciones éticas y ecológicas de la pérdida de biodiversidad, pero, hasta hace poco, no es mucho lo que se ha dicho fuera de los círculos especializados acerca de sus implicaciones económicas. Cuando hablamos de economía, tendemos a pensar en flujos de dinero o de activos financieros que aparentemente guardan poca o ninguna relación con la biodiversidad. No obstante, hoy en día sabemos que economía y sociedad son enormemente dependientes de los ecosistemas y de la biodiversidad que estos albergan. Los ecosistemas no son solo la fuente de los materiales y la energía requeridos por el metabolismo económico para fabricar bienes y servicios, sino también los sumideros necesarios para procesar la contaminación y los residuos generados por la sociedad. Por otro lado, la biodiversidad desempeña un papel fundamental en el bienestar humano a través de la generación de los denominados servicios de los ecosistemas. Los servicios de los ecosistemas son las contribuciones directas o indirectas de los ecosistemas al bienestar humano. Estos incluyen servicios de abastecimiento (productos tangibles como el alimento o la madera), servicios de regulación (beneficios obtenidos de manera indirecta de los procesos ecológicos, como el control de plagas, la formación del suelo o la depuración de agua), y servicios culturales (beneficios intangibles, como el ecoturismo, el valor estético o la educación ambiental).

Posibles soluciones
The Economics of Ecosystems and Biodiversity (TEEB) se creó a iniciativa de la Cumbre del G-8+5 en Postdam en el año 2007. Emulando el planteamiento del “Informe Stern”, el proyecto TEEB se propone hacer un llamamiento a la acción política internacional mediante la estimación del valor económico de la biodiversidad, así como de los costes económicos de no actuar ante su pérdida. Si bien los resultados finales del TEEB serán presentados en la ya mencionada Conferencia de las Partes de Nagoya, los informes preliminares ya adelantan algunas cifras ilustrativas. De acuerdo con los cálculos realizados, los ecosistemas y la biodiversidad tendrían un valor económico entre 10 y 100 veces mayor que el coste relacionado con su conservación. Además, en los primeros años del periodo 2000-2050, se han perdido servicios por valor de unos 50.000 millones de euros anuales solo en lo referente a los ecosistemas terrestres, sin que la mayor parte de estos costes haya tenido un reflejo en las medidas del PIB planetario. Estas soluciones son complejas de llevar a cabo pero han de estar planteadas desde acuerdos internacionales.
Los ecosistemas marinos afectan también a animales externos.
Los beneficios reportados por ciertos servicios como las materias primas, los recursos energéticos o el alimento son evidentes y, por tanto, su reconocimiento no tiende a cuestionarse. No obstante, la percepción de los beneficios reportados por la mayoría de los servicios culturales y de regulación que no pasan por el mercado ni por los sistemas contables resulta más sutil, y por eso la importancia de estos servicios tiende a ser pasada por alto en la toma de decisiones. De esta manera, la invisibilidad de los servicios de regulación "Hoy en día sabemos que economía y sociedad son enormemente dependientes de los ecosistemas y de la biodiversidad que estos albergan"en el sistema socio-económico provoca que las políticas actuales de gestión favorezcan a los servicios de abastecimiento, a costa del resto de servicios, incentivando la transformación de ecosistemas naturales multifuncionales a usos industriales orientados a maximizar la producción de uno o pocos servicios. No obstante, cuando todos los servicios ecosistémicos afectados por un proyecto son debidamente identificados y valorados, las cifras económicas que avalan la aptitud de transformar los ecosistemas a usos industriales a veces se invierten. Por ejemplo, un conocido estudio realizado en los manglares del sur de Tailandia comparó los costes y beneficios asociados con la conservación de los manglares frente a los que resultarían de su conversión en granjas camaroneras. Si solo se consideraban los servicios de abastecimiento asociados al mercado, las cifras indicaban que era más beneficioso económicamente transformar los manglares. Sin embargo, una vez incluidos en el análisis los beneficios reportados por servicios de regulación, como la protección de la costa frente a fenómenos climáticos extremos, los resultados se invertían. Los mayores beneficios asociados a la conservación del manglar resultaban aún más evidentes cuando se descontaban los subsidios que perciben las camaroneras o los costes asociados a la contaminación y deterioro generado por la producción de camarones
Economía
Uno de los ámbitos en los que este aspecto se refleja con mayor claridad son los sistemas de contabilidad macroeconómica. Como se ha visto anteriormente, el análisis económico convencional limita su objeto de estudio a aquellos servicios que se intercambian en el mercado y que, por tanto, tienen un reflejo monetario directo a través de los precios. De esta manera, los indicadores tradicionales de progreso económico tales como el PIB se limitan a recoger en su cómputo de beneficios los servicios que se intercambian en el mercado (que principalmente se limitan a los de abastecimiento); y en el de costes, la depreciación de los bienes de capital (por ejemplo, el desgaste de maquinaria e infraestructura). No obstante, dejan fuera de su cómputo los beneficios económicos correspondientes a todos aquellos servicios de los ecosistemas cuyo uso o disfrute no pasa por los mercados, así como los costes asociados al deterioro de los ecosistemas de los que dichos servicios dependen, es decir, los costes asociados a la depreciación del capital natural.

Los monos tienen fuertes lazos familiares con sus crías.
Se pone de relieve que los sistemas contables convencionales y sus indicadores de prosperidad ofrecen medidas erróneas en una época en la que los ecosistemas y los servicios que generan están inmersos en un pronunciado proceso de deterioro y se tornan crecientemente escasos. Así lo atestigua la Evaluación de Ecosistemas del Milenio auspiciada por la Organización de las Naciones Unidas, cuyos informes concluyen que durante los últimos 50 años dos terceras partes de los servicios ecosistémicos evaluados a escala global se están deteriorando. Afortunadamente, gracias a los esfuerzos realizados durante décadas desde enfoques como la economía ecológica y la economía ambiental, hoy contamos con herramientas conceptuales y metodológicas para identificar y cuantificar los servicios de los ecosistemas tanto en términos biofísicos como en términos monetarios. Asimismo, se están dando los primeros pasos hacia una futura incorporación de los servicios de los ecosistemas y del capital natural en los sistemas de contabilidad nacional.
Grandes extinciones
La desaparición de especies es un fenómeno inherente a al proceso evolutivo. En al menos cinco ocasiones a lo largo de la historia geológica, se han dado episodios de desaparición masiva de especies conocidos como las "grandes extinciones", motivadas por fenómenos como meteoritos o glaciaciones. Por ejemplo, en la última gran extinción, ocurrida hace 65 millones de años, desaparecieron de un golpe en torno al 75% del total de las especies del planeta. No obstante, durante los lapsos de decenas de millones de años que generalmente han separado estos episodios, la extinción de especies ha ocurrido como un fenómeno gradual que tendía a ser compensado por tasas superiores de aparición de nuevas especies. Por ejemplo, los registros fósiles sitúan las tasas medias de extinción de especies marinas entre 0,1 y 1 extinciones por millón de especies y año y se ha estimado que las extinciones de mamíferos también están dentro de dicho rango.

Los océanos son uno de los principales objetos en materia de conservación.

